la piedra en el charco

Uytopías

El futuro es un viaje, un proyecto, una intención. Eso es Uytopías. Un territorio de imaginación. Donde la política es una construcción colaborativa. Para hablar, descubrir, crear, imaginar. Para bloggear, wikiar, futurear. Siempre hay un lugar para ir juntos. Y todos los días se está inventando uno mejor. Un invento perpetuo que se llama Uruguay. Pero Uytopías no tiene fronteras. Solo un horizonte móvil: el de los próximos 25 años. Somos una plaza virtual y presencial. Un espacio y un tiempo de diálogo y de opinión. Siempre abierto y siempre en construcción”, dice el encabezamiento de la wiki.uytopias.org.uy.

Uytopías es algo que encontramos buscando pero yo andaba bastante distraído. Estaba saliendo de la inmersión a una novela que casualmente (sí, casualmente, porque impuso sus tiempos sin que me propusiera terminarla en ninguna fecha conmemorativa) aludía simbólicamente al año 1983, cuando me invitaron a una reunión de la “generación 83” en la casa del Gallego Scarón.

El Gallego tiene en Pérez Gomar esencialmente la misma casa que tenía en Ramallo hace treinta años (como si apenas y a algunos lujos, solo le hubieran cambiado de nombre a la calle, de punto cardinal al apellido del barrio y de números al calendario y a la chapa de la puerta), pero cabe en ella bastante más gente reunida que antes (y hay algunos libros menos). La noche de la reunión había unos cientocincuenta compañeros para escuchar un informe sobre un encuentro que -a pedido del Presidente- Tabaré Vázquez había tenido con delegados del G-83.

Vázquez quería un aporte programático de la generación. “Pero nosotros no laudamos”, contó que le contestó Pepe Sorrentino. “Lauden”, le replicó Tabaré. Recuerdo que Hugo Rodríguez planteó hacer un esfuerzo “propositivo” pero que el aporte incluyera implicar en él a generaciones jóvenes. Nosotros ya estamos viejos, aunque para el promedio de edades en la administración del país, seamos “la cantera”.

Y se echó a andar. Se hizo un lanzamiento muy legitimante en el Cabildo con participación del Presidente y bastante multitudinario y a la wiki... Es decir: a trabajar. Habrá también mesas “presenciales”, pero todo a su tiempo. Si entramos a la página, veremos una agenda temática recién esbozada.

Para ampliar.

Reina: Helen Mirren

Fue bien merecido el Oscar a mejor actriz de la Academia de Hollywood de 2007, que correspondió a la actuación de Helen Mirren desde la oquedad vital de un personaje con varios matices bien contenidos y algún ligero y refrescante desborde en La Reina.

Históricamente la película revela una verdad. Cuando murió Lady D, Isabel de Inglaterra no quiso dar a conocer públicamente sus sentimientos. El Primer Ministro Tony Blair la obligó a hacerlo (en la medida de lo posible) y después de cumplir con la obligación, Isabel le dijo a Tony: "Hemos vulnerado la causa por la cual todo el mundo nos admira". Lo cual en parte es cierto. No todo el mundo los admira, pero cierta parte del mundo que los admira es por esa causa: cosas que no se dan a conocer. Yo admiro a varios británicos, desde Chaplin a Lennon sin pasar por Engels, pero la Corona Británica no es la institución nacional que más admiro. Es el Congreso Nacional Africano.

Sin embargo esta película me desarma de argumentos. Es una película ejemplar en diversos aspectos y un verdadero homenaje, por momentos, al panfleto, ese género noble. Una operación política –y de imagen– magistral.

Después de ver la película cualquier actitud antimonárquica que se tenga, sabrá tan ridícula como aparece en el personaje de la esposa de Tony Blair (ridiculez obtenida por medios legítimos, sin forzar un ápice al personaje ni a la trama). Pero resultará sobre todo cualquier actitud republicana profundamente inhumana y carente de todo sustento ideológico al que recurrir.

La película es incontrastable en el campo de las ideas. Yo recuerdo, por ejemplo, que antes del partido Uruguay-Inglaterra que inauguró el mundial de Wembley en 1966, Isabel de Inglaterra saludó a los futbolistas alineados en el centro del campo y Ladislao Mazurkiewickz, que tenía sus propias ideas, le dijo alguna cosa un poco fuerte que nunca ha revelado en detalle a la prensa. Pero el único mensaje que por carecer totalmente de ideología escapa a la defensa del reyentismo que hace esta película, fue el del capitán de la selección argentina, Osvaldo Rattín, cuando en ese mismo campeonato un juez alemán le robó a su equipo el partido eliminatorio a favor de Inglaterra. Rattín fue expulsado y al salir de la cancha le enseñó con gestos ostensibles a Isabel, tomándoselo entre las manos, el "paquete genital". Aquel mensaje gestual de Rattín (que además era el 5 de Boca Juniors) no fue más sexista que la vida de Carlos de Gales (que de azul solo tuvo algún estado alcohólico) pero acaso resultará mas célebre, cuando pasen los siglos. El ogro Rattín servirá para un cuento de hadas.

Yo, en literatura como en el cine, soy monárquico, no concibo el mundo sin reyes. Las obras de Shakespeare no pueden ser protagonizadas por presidentes. Lo mismo en los cuentos para niños: reyes, ogros y príncipe azul. La princesa Helen y Ladislao, el hijo del zar Yazim. Aquel año que yo vi por primera vez un Mundial, tenían ella y él los mismos veinte años. Sería crimen de lesa literatura que no se hayan conocido.

Dos historias de amor

El único punto de contacto entre ellas es que a una la vi hace un par de semanas en su avant premier montevideana (aquí se llama El sabor de la noche, su verdadero nombre es My blueberry nigth: la cantante Norah Jones protagoniza el primer film en inglés del cineasta chino Wong Kar-Wai -Con ánimo de amar, 2046) y anteayer vi en DVD, Cleopatra, una película argentina. Dos obras que contaron con desiguales recursos, pero más allá de eso, dos historias de amor muy diferentemente encaradas.

La del chino es cine de autor en perfecta sucesión de Con ánimo de amar. Tiene un tratamiento del color y de la forma que evoca a Chagall por sus tonos y a Klimt por su delicado erotismo. Su música es el perfecto correlato de blues y jazz de tres historias encadenadas por una espera. La de una chica que tras un desengaño amoroso viaja de Nueva York a Las Vegas pasando por un par de trabajos de camarera, en bares donde ocurren las otras dos historias, la de un policía que se suicida por un amor turbulento y la de una timbera profesional que devuelve a Norah Jones en su coche al restobar donde se inicia la película. Los personajes son creíbles y el trabajo del director es completamente artesanal, las secuencias están bien resueltas, no solo formuladas, con poco diálogo y mucho contenido.

En cambio en Cleopatra prevalece el cliché. Es una de esas películas que parecen escritas por el productor. Cada personaje está hecho para interpelar a un determinado sector del público y el guión avanza exponiendo fórmulas que resuelve superficialmente. Cuenta con la actuación de Norma Aleandro, que por momentos construye y sostiene buenas miniaturas pero el resultado final es insuficiente. Natalia Oreiro casi nunca está al nivel de su coprotagonista y tampoco Alterio ni Sbaraglia resultan convincentes. Demasiados efectos. Una película que de tan comercial no ha de haber resultado buen negocio.

La diferencia no está en los recursos sino en las intenciones. Aunque ambas son películas de amor, la del chino está hecha con más amor que la otra.

La competencia

¿Vieron qué imagen tan ridícula dan del pueblo las películas “de romanos”? Así les ha ido a los que se la han creído. Históricamente es cierto que había un solo emisor de mensajes masivos, pero también que el tiempo lo erosionaba hasta que el pueblo entraba a saco en casa del emisor. Y esa dinámica de cambios, sustancialmente no ha cambiado.

Durante veinticinco años el noventa y nueve por ciento de la opinión pública norteamericana y mundial estuvo convencida de que Jonh Fitzgerald Kennedy fue asesinado por un solitario comunista de nombre Lee Harvey Oswald. La prueba era más que convincente: lo habían visto por televisión, incluso habían visto filmaciones emitidas por todas las cadenas televisivas de los Estados Unidos que mostraban a Oswald repartiendo volantes a favor de Fidel Castro en una manifestación, pocos meses antes del fatídico 22 de noviembre de 1963.

Cuando el 5 de febrero de 1992 una edición interna de un programa nacional de Estados Unidos difundió documentación secreta del gobierno sobre la vinculación de Oswald con la CIA, en medio de la masiva divulgación cinematográfica de los testimonios del Juez Jim Garrison revelando toda la verdad sobre el asesinato de Kennedy, muchas cosas tambalearon. No solo se desplomó la credibilidad en los servicios y las versiones gubernamentales, sino que todo el andamiaje informativo fue puesto en tela de juicio.

En el otro polo del mundo de todavía entonces, en el Kremlin, el ex jefe de la KGB, Yuri Andropov había abierto los archivos del servicio secreto y Mihaíl Gorvachov seguía asombrando a los soviéticos con las revelaciones que echaban por tierra un régimen que los había convencido (monopolio televisivo mediante) de que era continuidad de la revolución rusa y no el producto de un golpe de Estado que en los años treinta fusiló al ochenta por ciento del Ejército Rojo, al noventa del Comité Central y a la totalidad de los dirigentes históricos del 17, salvo a Lenin que murió antes prácticamente secuestrado por su resistencia a Stalin y a Trotsky, exiliado y después asesinado, en México.

A diferencia de los americanos, en cuyas elecciones la imagen de Kennedy favoreció la victoria de Clinton, a los soviéticos no les interesó si stalinismo o revolución de octubre sino la occidentalización, el camino posible a una democracia palpable. Pero en ambos casos el pueblo entró a saco en casa del emisor de imágenes. Tanto en América como en Rusia, lo que habían creído era verdad era exactamente lo contrario a lo que hoy saben. Fue en esta clima que el diario británico Sunday Telegraph le dedicó un artículo de dos páginas al científico norteamericano Bill Kaysing, que estuvo a cargo de las publicaciones técnicas del grupo Rocketdyne, que desarrolló una serie de motores para el proyecto Apolo, y hoy afirma que los astronautas de Estados Unidos nunca pusieron un pie en la luna, y que todo fue un invento para impresionar a los rusos en plena guerra fría.

En su libro Nunca estuvimos en la Luna, Kaysing asevera que cuando hace cuarenta años, Neil Amstrong descendió una escalera y pronunció la famosa frase “un pequeño paso para un hombre, un gran salto adelante para la humanidad”, no estaba en la Luna sino en un estudio televisivo secreto en pleno desierto de Nevada, bajo las órdenes de un equipo televisivo de la Nasa.

Hoy las encuestas a nivel federal en el país del norte, revelan que treinta millones de estadounidenses creen que nunca se pisó la Luna y que los sucesivos alunizajes fueron escenificados con maestría para las cadenas de televisión en el desierto de Nevada. La credibilidad de los medios se erosiona a grandes saltos para la humanidad. En la era cibernética Santo Tomás hace zapping y en todos los canales ve películas de romanos.

Por eso es altamente peligroso para el gobierno del Frente Amplio que no haya abierto a la competencia la televisión al aire. No porque el oligopolio vaya a tomar partido contra el Frente –mal lo hará cuando ha sido tan bien tratado por este gobierno–, o a perjudicarlo como en todas las instancias anteriores (según denunció el Frente en cada oportunidad), sino precisamente por lo todo contrario, porque seguirá siendo oficialista y esta vez del Frente Amplio.

En las campañas electorales, como en las huelgas, se gana si se crece, se pierde si se merma. Va un breve apunte cronológico: En Uruguay hubo competencia mediática desde mediados de la primera década del siglo XX hasta fines de la quinta. A partir de la concesión de los canales de televisión a los dueños de las tres radios más fuertes ya no tuvieron competencia y perdieron todas las campañas desde el 62 a la fecha.

En el ámbito donde se definen las campañas, el cable no compite con la televisión abierta y menos lo hará la satelital.

Claro, más allá de los cambios de inversores, todo siguió igual porque el grupo nacional que, por acceso a entretenimientos populares, podía operar, con perspectivas de competir, un canal abierto, técnicamente habilitable, fue tratado por los medios hegemónicos como al pueblo en las películas de romanos y el gobierno, conservador, no se atrevió al riesgo de que se disputara esa imagen.

El Frente Amplio merece ganar por muchas cosas que hizo bien (aunque estuvo en condiciones naturalmente de hacerlas mejor), desde la reforma de la salud hasta el PANES pasando por el aumento de las asignaciones familiares e incluso el IRPF entre otras –todas medidas gubernamentales que va a defender con Astori de candidato, el Ministro que se resistió a que Tabaré o Mujica se las fueran imponiendo tal como se concretaron; al menos esas fueron las apariencias, eso es lo que la gente percibió durante más tiempo del que falta para las elecciones– y las cosas que, en mi opinión, el FA hizo mal –desde la política de salud reproductiva hasta la de drogas, la de deportes, la de turismo (el emprendimiento de La Paloma, tal como está planteado, me parece nefasto), la religiosa y la desmovilización general de su gente, sin entrar en el paréntesis de la reforma educativa–, la derecha difícilmente las puede atacar, salvo a una consecuencia de la política de drogas como es la consolidación de la pasta base como factor de inseguridad.

Pero por su política de medios, claudicante, el Frente puede perder. Eso no es probable que ocurra. Solo que como resultado de esa incompetencia el Frente se contraríe con lo que ayer le favoreció. Porque no hay nada peor (a la larga, pero en estos tiempos todo va muy rápido) que la línea oficial de un emisor único.

Exterminio: la reinvención de la pólvora

Gabriel Peveroni es uno de los autores nacionales que más me interesa. Su teatro y su novela lo ubican como un dramaturgo y narrador que sabe advertir especialmente lo nuevo y lo dramático, con particular preocupación por las temáticas de los jóvenes e indaga en las posibilidades de un realismo que yo llamaría sectario.

Pero Exterminio no medra en ese realismo. Tampoco es una satira de un reality show –como parece– ni un texto del teatro del absurdo en la línea del Beckett mencionado en la obra. Sin embargo tiene rasgos de ambas cosas y además poesía.

El teatro del absurdo fue un intento necesario de reflejar a un mundo con relaciones absurdas y no es casual que como corriente estética haya aparecido en su momento (decía Marx que “cuando la humanidad pasa hambre por falta de alimentos es una tragedia; pero cuando las hambrunas son el resultado de la sobreproducción de alimentos ha llegado el tiempo del absurdo, la consagración del capitalismo”). En Exterminio las relaciones no son absurdas porque los reality shows se basan en un mecanismo muy lógico y antiguo, un juego donde los participantes van quedando eliminados según decisión de un jurado, su estructura es, en lo fundamental, la misma del manchado o de la escondida. El absurdo está en las cosas cotidianas como bien demuestra todo Ionesco y mejor Buñuel en El fantasma de la libertad. Algunas de esas cosas aparecen en Exterminio pero, integradas al juego, no resultan absurdas.

Por momentos Peveroni parece parodiar el reality show pero la parodia es tratar con liviandad lo profundo, es la ridiculización de lo serio, es satirizar lo que se presenta en tono grave. Exterminio trata con profundidad lo liviano y no recurre al humor pervertidor y ni a la ironía subversiva.

El humor sube y pervierte, la ironía baja y subvierte. Exterminio carece sobre todo de humor. No es sátira ni parodia. Parece ser por momentos una tragedia poética, mostrarnos sapos reales en charcos imaginarios (aquel temor de Capote). Pero eso es el Tartufo de Moliere y Peveroni en vez de aplicar la fórmula bien conocida (que venía a cuento, porque la preocupación hipócrita por sus participantes que fingen los presentadores de esos programas es de un voraz tartufismo), hace algo distinto, que no divierte.

Con ese resultado anacrónico los que quedan fuera de los juegos son los actores, más acá de sus medios técnicos. La dirección de María Dodera solo aporta efectos y poca teatralidad.

La mayor dificultad de la escritura teatral (al menos para mí) es la verticalidad del teatro (como definía Cerminara). Exterminio es un texto horizontal. Los disparates que dicen normalmente los participantes de los reality show en una simulación de streap tease afectivo, aparecen en Exterminio con sus trampas de “final del juego” desde el principio mismo de la obra, no tienen crecimiento vertical.

Lo más interesante de la obra son algunos pasajes de hiperrealismo aunque no encajan en la estructura. Ese estilo hiperrealista es de lo mejor de Peveroni. Tiene un símil en la narrativa de Hiber Conteris y por supuesto, ambos tributan al mecanismo Proust (aunque no a sus florituras). Donde mejor lo encontré fue en Sarajevo esquina Montevideo. Pero quizás se deba a la abundante información que el autor transmitía en aquella obra. Daba la impresión de que había pensado bastante en el tema. Cosa que no ocurre en Exterminio, donde el tema se desaprovecha en menor parte y mayormente se desperdicia. Creo que atrás de Sarajevo había bastantes autores, no solo teatrales, periodísticos, historiadores, novelistas. En exterminio, Peveroni se aisla.

Casualmente, cuando fui a ver Exterminio yo estaba leyendo Alicia: ¿quién lo soñó?, de Raquel Diana, de lo más importante de la dramaturgia uruguaya de la última década. Un libro deliciosamente ilustrado por Marcos Ibarra, con diseño de Maca apasionado por el detalle. En su epílogo, Diana reconoce: “Con esta obra quiero hacer un homenaje a Lewis Carrol, cuya Alicia estaba tan perdida como yo. Aventuras de la mujer Barbuda es un cuento de Rafael Courtoisie. Se incluye un fragmento con la autorización del autor. Me he inspirado en el libro Escenas de la vida posmoderna de Beatriz Sarlo del que introduje una versión de un diálogo, también con la autorización correspondiente. El que no me autorizó fue Jonathan Swift, pero estaría de acuerdo conmigo. Hacia el final, sobre infiernos y paraísos, se cita a Italo Calvino”. “¡Así cualquiera!”, dirá algún distraído. No: así un fenómeno, porque ése es el desafío. Porque el texto propio tiene que estar a la altura de aquellos, no desentonar con semejantes modelos.

Cuando vi "Alicia" en el 2000 en el Teatro Circular, con Paola Venditto en el papel protagónico, estaba todo lo ajeno tan bien copiado que su unidad artística era absoluta y el resultado nada conservador. Pero no se advertía en ningún momento la diversidad de autores, entre los cuales Diana seguía siendo la principal.

La pólvora ya está inventada pero hay que reinventarla todos los días.¡Y es tan fácil, están dispuestos con tanta complacencia los muertos a prestarnos sus textos! Lo difícil es perder con ellos noche tras noche hasta sacar el empate que habilite al cotejo. Gabriel Peveroni lo logró en otras oportunidades (donde sí cotejó con Becket y obtuvo universos dramáticos, poéticos y tan jóvenes como las viejas vanguardias) con obras también muy ambiciosas, pero esta vez es un autor dramático que indaga en un formato de comedia sin recurrir a ninguno de sus modelos (tampoco al grotesco, que pudo serle muy útil).

Seguramente muy pronto, con su próxima obra, Peveroni sabrá transformar en victoria esta fugaz derrota y dará un salto con el impulso de este puntual retroceso. Le bastará con volver a temas que domina más y a elegir buenos modelos donde medirse.

Filoctetes, un espacio ganado

El Puerto de Montevideo por la noche es un espectáculo maravilloso por sí mismo. Las luces de los barcos anclados, de las torres de la caminería portuaria, los hangares, el viejo edificio de la Aduana, algún otro camión con zorra deambulando con sus focos zigzagueantes entre los contenedores. A mí, obligadamente, me recordó mis tiempos de cadete de despachante y era lindo tener catorce años y caminar con expedientes desde la balanza del puerto hasta el último de los hangares y recalar en la “sala de despachantes” que era en realidad par los cadetes y consistía en una pieza robada a los galpones, con una mesa y diez sillas para jugar a las cartas bajo un ventilador de techo, con los colores, las texturas y el olor marineros de una novela de Conrad. Pero aún sin esos recuerdos, el puerto es una maravilla y si se le agrega un buen Teatro, se obtiene un excelente espacio de la escena uruguaya. Eso es lo que logró la Comedia Nacional para estrenar la versión de Marisa Bentancur de Filoctetes de Sófocles.

La realización de la tragedia griega de constante actualidad (porque trata de la veleidad de los hombres puesta a prueba en la disputa entre el poder y la lealtad), estuvo a la altura del acontecimiento de semejante espacio ganado para el teatro.

La solvencia de Delfi Galbiati en el papel protagónico, su cuerda afín a lo clásico, particularmente a la tragedia griega, es ya una garantía. Aunque sigo pensando que el gran personaje a pelo de Galbiati todavía no se lo han dado. Cuando era un galán joven pero todavía no el gran actor que hoy es, se le sacaba todo el partido posible a su seducción. Últimamente su dominio experto de los medios técnicos le permite salvar con honores los protagónicos que le disponen, pero ninguno aprovechó totalmente sus características. Gardel le llegó demasiado pronto y para De las Carreras es tarde. Acaso el Luchy de Chandler que poco tiene que ver con el de Volonté (son actores y textos muy distintos, pero son especialmente diferentes el Lucky de la película y el de la entrevista).

Pablo Varrailón, en cambio, va como anillo al dedo en Neoptólemo. Al personaje más conflictuado de la obra, le da la profundidad austera de un apropiado trabajo minimalista. El hijo de Aquiles es el hilo conductor de la trama y desde su dilema se eleva el suspenso.

Levón hace un Ulises perfecto, exuberante.

Los efectos técnicos producen la bruma y las luces difusas que crean el clima adecuado para la tragedia, aunque sobre el final, cuando ya poco queda del calor de un radiador que previamente entibió el viejo depósito transformado en teatro, el frío invernal nos hace padecerla. Que también en los espectadores es muy veleidosa la probidad de los hombres. Pero esta obra merece lealtad.


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